Una vez en casa de mi madre, hablando sobre fantasmas, me contó una curiosa historia sobre una tía suya.
Su tía era una mujer rara, solitaria y muy huraña, nadie quería saber de ella y ella de nadie, ni tan siquiera de su familia. Vivía en un pueblecito de Castilla, con muy pocos habitantes, en una casita de piedra, bastante apartada del resto. Sólo salía para comprar lo necesario. Se llamaba Claudia, pero en el pueblo se la llamaba la Loca.
Una vez la vieron bajar corriendo por el sendero que llegaba a su casa, desmejoradísima y con los ojos desorbitados, chillando que estaban ocupando su casa y que a ella de allí, no la iban a echar. La gente del pueblo no hacía más que hablar de lo mal que estaba, que estaba para que la encerrasen.
La máquina nunca se detiene.
El disonante chirrido de los inmensos engranajes sobre nuestras cabezas, formando parte del zumbido ininterrumpido de las turbinas. Escapes de vapor resoplando en las alturas inalcanzables a la vista, reino de la oscuridad. El gas que inhalamos es nocivo, pero necesario. La cadena trae aquello a lo que los moldes de metal líquido dieron forma, muchos kilómetros arriba, en los estratos superiores. Compruebo la firme sujeción de la vaina radioactiva a los anclajes del cuerpo del obús que llega a mis manos. Ha de ser perfecto porque la perfección es posible, lo único posible con nuestro trabajo. La hilera de piezas orgánicas que conformamos junto a la cadena no tiene fin. Bajo la rejilla a nuestros pies se abre un abismo de estructuras metálicas, débilmente iluminadas por destellos incandescentes, que provienen de la actividad que se desarrolla en las profundidades. Columnas de tubos humeantes invaden su legítimo espacio, conectando distancias inaprensibles.
Había una vez, hace mucho, muuucho tiempo, en un reino muy lejano…. Vivía un príncipe en su bonito palacio amurallado. El Reino era un lugar estupendo, todos sus habitantes vivían contentos: trabajaban, descansaban, disfrutaban de sus ratos de ocio, organizaban bailes en Palacio y llevaban sus vidas con sus más y sus menos en busca de trocitos de felicidad … Un lugar próspero y agradable que invitaba a sus gentes a vivir en paz.
Fiorella no era una princesa como todas las demás. Si bien su figura era elegante y esbelta y su rostro muy bello, sus modales dejaban mucho que desear.
Sus padres le habían procurado la mejor educación pero, a pesar de ello, Fiorella parecía no haber aprendido mucho más que geografía o matemáticas.
La princesa era muy culta realmente, sabía idiomas, leía en forma clara, dominaba las ciencias, pero había algo en ella que no se condecía con su figura de princesa y eran sus modales.
Hace mucho tiempo hubo una niña que vivía con su madre. La niña siempre estaba peleando con sus compañeros, amigas, incluso con su mamá, porque ella creía en algo que nadie pensaba que existían, ella si creía en las hadas.
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